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Cuatro cambios en tu alimentación para cuidar el corazón

Una buena parte de la conversación sobre nutrición gira alrededor de lo que habría que comprar: un polvo, una bebida, un ingrediente de moda. Mientras tanto, siguen faltando alimentos corrientes que tienen un lugar importante en una dieta protectora. Un análisis internacional publicado en Nature Medicine en 2026, con datos de 204 países y territorios, volvió a señalar el peso de la alimentación en la cardiopatía isquémica, la enfermedad relacionada con una llegada insuficiente de sangre al corazón. Entre los factores destacados aparecen el bajo consumo de cereales integrales, frutas y frutos secos, y el exceso de sodio.[1] Son estimaciones poblacionales basadas en un modelo. No permiten calcular cuántos años ganarás por cambiar tu desayuno ni sumar porcentajes de beneficio como si fueran independientes. Sí ayudan a ordenar prioridades: hay cambios sencillos que merecen más atención que muchas promesas sofisticadas.
Primero, que el cereal sea realmente integral
El pan integral, la avena y otros cereales integrales conservan componentes del grano que se pierden con el refinado. Aportan fibra y encajan en un patrón alimentario orientado a la salud cardiovascular.[2] El cambio práctico consiste en sustituir parte del pan, arroz o pasta refinados por versiones integrales que te resulten agradables. La transición puede ser gradual, especialmente si notas molestias digestivas al aumentar la fibra. Mito: un pan oscuro o con semillas ya es integral. El color y las semillas no lo demuestran. Mira la lista de ingredientes y comprueba qué harina predomina. Es una comprobación más útil que la fotografía del envase o expresiones vagas sobre lo «natural». Tampoco un producto se convierte en saludable solo por añadir salvado. El conjunto de ingredientes y la cantidad que tomas siguen importando.
Segundo, recuperar la fruta entera
La fruta aporta agua, fibra y distintos micronutrientes. Tener piezas accesibles y elegir opciones de temporada suele facilitar su consumo más que proponerse una dieta complicada.[2] Mito: la fruta entera engorda por su azúcar igual que un refresco. Esa comparación ignora la estructura del alimento y el contexto en que se consume. Comer una pieza requiere masticar y suele saciar de forma distinta a beber sus azúcares. El zumo no sustituye de manera equivalente a la fruta entera. Una idea útil es preparar el entorno: llevar una pieza para una pausa habitual o dejar fruta lavada y visible. Si tienes diabetes, el tipo de fruta, la cantidad y su distribución se adaptan al plan; no hace falta eliminar todo un grupo de alimentos por miedo a una palabra de la etiqueta.
Tercero, frutos secos en lugar de parte del picoteo
Nueces, almendras, avellanas o pistachos sin sal pueden formar parte de un patrón cardioprotector. Aportan grasas insaturadas, fibra y otros nutrientes.[2] Su utilidad práctica aumenta cuando sustituyen a un aperitivo de peor calidad. Añadirlos sin revisar nada más no produce automáticamente un beneficio. Son alimentos densos en energía: una porción pequeña, adaptada a tus necesidades, suele ser más razonable que comer directamente de una bolsa grande. Mito: todos los productos con frutos secos son equivalentes. No es lo mismo un puñado de nueces que una crema azucarada, un fruto seco caramelizado o un aperitivo muy salado. Si existe alergia, la elección debe cambiar; no hay un alimento imprescindible para todo el mundo.
Cuarto, reducir la sal que no ves
La OMS recomienda para los adultos menos de 2 gramos de sodio al día, equivalentes a menos de 5 gramos de sal en total. Esa cantidad incluye la que ya contienen los alimentos, no solo la que añades al cocinar.[3] Pan, quesos, embutidos, salsas y platos preparados pueden contribuir de manera importante. Comparar productos similares y utilizar especias, hierbas o limón permite reducir sal sin convertir la comida en algo poco apetecible. Mito: la sal rosa o marina deja de ser un problema para la tensión. Su origen no elimina el sodio. Tampoco los sustitutos con potasio son adecuados para cualquiera: en personas con enfermedad renal o con determinados tratamientos pueden aumentar el riesgo de exceso de potasio.[3][4] Como nefrólogo, este último matiz me parece esencial. Un consejo nutricional puede ser útil para muchas personas y necesitar una adaptación importante en otra.
El cambio que más ayuda es el que sustituye algo
No hace falta incorporar los cuatro cambios de golpe. Puedes empezar por un desayuno, una compra o una merienda y observar qué reemplaza la nueva elección. Después se revisa la frecuencia y se amplía lo que funciona. La dieta completa sigue contando: verduras, legumbres, fuentes de proteína adecuadas y calidad de las grasas, además de estos cuatro puntos. Ningún alimento compensa por sí solo el tabaco, una hipertensión sin tratar o una alimentación globalmente insuficiente.[2]

Cómo lo adaptamos en Tekderma Wellness

En la Unidad de Longevidad y Recomposición Corporal, en Bétera, Valencia, el equipo multidisciplinar coordina nutrición, valoración médica y ejercicio. Revisamos riesgo cardiovascular y renal, composición corporal, medicación, preferencias y posibilidades reales de cocinar o comer fuera. Si buscas perder grasa, el plan también debe proteger la masa muscular y acompañar el entrenamiento de fuerza. Si tienes enfermedad renal, ajustamos aspectos como proteína, potasio o sodio según tu situación, evitando prohibiciones generales sin motivo. La medicina nutricional rigurosa se reconoce en esos detalles: explicar por qué proponemos un cambio, hacerlo viable y comprobar qué aporta. Comer mejor puede empezar con decisiones muy sencillas y seguir siendo una intervención médica importante. Vídeo · Los cuatro cambios explicados por el Dr. Rodríguez

Sobre el autor

A través de estos contenidos, nuestros profesionales comparten sus conocimientos y experiencia para ayudarte a conocer mejor diferentes aspectos relacionados con tu salud y resolver algunas de las dudas más habituales.

Dr. Diego Rodríguez Ortega

Director Médico · Unidad de Longevidad y Recomposición Corporal

Médico especialista en Nefrología con más de 15 años de experiencia clínica. Su práctica se centra en la medicina preventiva, la salud metabólica, la composición corporal y la optimización de la salud a largo plazo. Triatleta y exciclista semiprofesional, integra el conocimiento médico con la fisiología del ejercicio, la nutrición y el rendimiento físico. Cuenta con formación avanzada en terapia hormonal bioidéntica y medicina de longevidad en Estados Unidos. Lidera la Unidad de Longevidad de Tekderma Wellness desde un enfoque multidisciplinar y basado en la evidencia científica.

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